martes, 28 de julio de 2009

ROCES

ROCES

“Me gusta leer desnuda, siento libertad. Me llena la sensación de vivir más intensamente lo que mis ojos recorren. Cada vez que desvisto mi piel, parece que redescubro que soy capaz de sentir. Por eso, casi siempre lo hago, dejo caer mi ropa para luego tomar un libro y permitir que me sumerja en sus páginas.

Pero hoy, el placer de leer no calma mis ganas. Hoy, sólo quiero dejar caer mi ropa y ahogarme en algo más. Me siento lejana, con un silencio interno que me ensordece y representa. Porque esto soy: pasto apacible que se deja arrancar de raíz por la tormenta de mis manos, que me recorren mejor que el viento salvaje de las toscas manos ajenas.”

Permanece desnuda, tendida sobre la cama, con los ojos estáticos dirigidos al techo y la obsesiva idea de unas manos que la rocen. Se estira perezosamente, sumerge los dedos en sus cabellos acariciándolos durante algunos segundos hasta que lo decide. El pelo arropa por completo la almohada. Comienza a bajar, acaricia su rostro y con un dedo dibuja los labios. Cierra los ojos y como sin querer, vibra. Sigue cayendo, palpa su cuello, se siente mientras el aire se le escapa como para lamentarse. Rueda con ternura de mujer y frota sus pechos, transformándose en tersa solidez por la prisión voluntaria. Vuelve, las manos sobre el cuello decayendo leves, surcando los senos y se enardece. “¡Pero son mis manos!” Juega con lo que ella es. Toma el tiempo con pausa como si disfrutara palparse, buscando conocer su cuerpo para negarle el derecho a alguien más. Cada extremo de placer es de ella y no lo comparte. A su cuerpo le fueron legadas virtudes que no pidió, que no está obligada a ofrecer, por lo menos no ahora que se está explorando, que desea saber en cuáles puntos es más mujer para poder gritarlos cuando llegue una verdadera oportunidad. Con la mayor lentitud, sus manos van a los muslos mientras se estremece en forma sinuosa para extenderlos lo suficiente. Se agita con más fuerza. Trepidan sus alas con temeridad para surcar el cielo con dulce sabor a vientre. Palpita con apacible violencia, como clamando al silencio que oculte el vuelo de su secreto. Buscándose, se araña. Hiere el túnel candente y encuentra quejidos que sudan la almohada. La lava comprimida, desesperada, busca el umbral que la libere. Con violenta ansiedad, erupciona el volcán que agita el temple de su cuerpo en la búsqueda a tientas y tras un estremecimiento salvaje… vuelve la calma.

“Mis nómadas manos llegan hasta lo más recóndito de mis caminos, abren las brechas con dulzura, con infinito placer al tocar la carne y aunque tus manos sedentarias, que no conocen de sendas, estén siempre aprisionadas, no sabes cómo me gustaría que las manos que me acorralaran fueran tus manos cohibidas!”

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