LA PUERTA
Lentamente, atravieso un pasillo penumbroso. A cada extremo, un sin número de puertas parece continuar hasta el infinito. Puertas que pueden llevar hacia la libertad o hacia el encierro eterno de una prisión si no permiten escoger la correcta. Paso frente a ellas y cada una libera un olor distinto y penetrante que repugna, dejando un sabor de carne corroída entre los dientes. Da la sensación que un cadáver atado sobre una roca, sujeto al vacío que la luz de la penumbra atrapa. Paso frente a ellas y la oscuridad me hace imposible saber lo que encierran con tanta libertad, detrás del manto negro que se expande frente a mí. Intento liberarme y cambio y me transformo en un ser alucinante, buscando razonar lo que nunca será capaz de entender.
Lentamente, atravieso un pasillo penumbroso. A cada extremo, un sin número de puertas parece continuar hasta el infinito. Puertas que pueden llevar hacia la libertad o hacia el encierro eterno de una prisión si no permiten escoger la correcta. Paso frente a ellas y cada una libera un olor distinto y penetrante que repugna, dejando un sabor de carne corroída entre los dientes. Da la sensación que un cadáver atado sobre una roca, sujeto al vacío que la luz de la penumbra atrapa. Paso frente a ellas y la oscuridad me hace imposible saber lo que encierran con tanta libertad, detrás del manto negro que se expande frente a mí. Intento liberarme y cambio y me transformo en un ser alucinante, buscando razonar lo que nunca será capaz de entender.
Caminante, mis brazos se extienden en cruz y no dejo de mirar la profundidad del espacio que cubre mi cráneo. Sólo trato de dominar la calma que posee el silencio circundante. Casi sin darme cuenta, el tórax se ensancha con aire que no posee existencia, para luego dejarlo escapar en un grito extenso.
Todo comienza a moverse. Un camino se dibuja bajo mis pies y me desliza sobre él como acariciando suavidad. Y sólo soy una gota más sumergida sobre agua que no moja. Y sólo cruzo el espacio con un grito que no quiere abandonar mi garganta y me hace compañía.
Llego hasta un extremo dentro de espacios del vacío y me detengo allí para lograr ver lo que mis ojos ya han captado: soledad. Me siento cada vez más pequeño, como un punto diminuto que abarca la inmensidad de lo incomprensible: estoy seguro de lo que soy y de lo que he sido, mas no sé lo que dejaré de ser. Extiendo mi cuerpo con fuerza para que el vértigo no me abrume, para dejarme llevar por mi inamovilidad, por la incomprensión que me da el saber tantas cosas. Cosas que flotan en mi mente, chocan entre sí y naufragan para nunca tocar el fondo en el abismo infinito de la inconsciencia. En este instante, sólo estoy aquí, quieto, como un árbol que espera la lluvia para germinar, recorriendo espacios desconocidos como un todo indetenible, sumergido en el vacío; Aislado dentro y fuera de mí.
Ahora, ascienden mi cuerpo con la misma rapidez. Siento el hilo que me impulsa balanceándose del cuello y la sensación de ser llevado hacia una cruz, para hacer que mis brazos se mantengan extendidos por la presión que atraviesa la carne.
Espero que no me dejen caer como agua de lluvia entre nubes tormentosas, son miles de brazos los que me llevan, incapaces de sostenerse a sí mismos, ya que otros cuerpos tambaleantes los sostienen a ellos, formando una cadena infinita de seres quebrantables. ¡Sí, tengo miedo! Un frío sepulcral recorre mis pies y asciende hasta mis brazos para envolverme en un terror incontrolable. Ahora, el ascenso es lento, me pasan de mano en mano para que no escape o para, tal vez, dejarme allí, estático, ambiguo. Si lo hacen, el tiempo se encargará de ellos y me dejarán libre por el cansancio.
No hay voces ni ruido ni sabor a fuego, mar viento o gaviota. Recuerdos. Sólo hay duda, asco, cansancio y un fuerte deseo de cerrar los ojos y desaparecer.
Me llevan, elevo mis párpados y un pasillo oscuro se detiene para atraparme en él. A cada costado, un infinito número de puertas abiertas se me vuelven incomprensibles. Alguien junto a mí toma mi brazo, me guía levemente y me hace sentir como si fuéramos parte el uno del otro, de un sacrilegio sin memoria. De un algo que se ha hecho hace ya mucho tiempo. Aunque para nosotros, el tiempo sea únicamente el ahora.
Nos detenemos frente a una de ellas. Eleva su brazo y señala el interior, donde distingo con dificultad una cama de piedra con cadenas en los bordes. Me obliga a entrar al recinto y me permite escuchar su voz: “¡Entra y ahora sí, descansa en paz!” Mi cuerpo se eleva para reposar sobre el sólido lecho. Una roca escarpada con sus dientes brillando en filo a las orillas de cualquier mar. Una roca alta, inconsistente, elevándose en medio del agua salada, con grilletes que buscan mis brazos para asegurar mi libertad en ese pequeño espacio de la muerte.
Al entrar, la oscuridad comienza a cubrir por completo mis ojos. Quiero saber si tiene rostro, forma, tamaño, masa. Quiero mirarle, decirle, preguntarle tantas cosas. Y en el momento que trato de encontrar su mirada, soy penumbra morada del terror: la puerta se cierra.
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